El librero Billy

Desarmador y llave Allen en mano, me dispuse a armar el rompecabezas: infinidad de tablas, tonillos, tuercas, guasas y taquetes para ensamblar un librero en la recámara de mis hijos. Como el robusto manual no aparentaba ser amigable, sobrevino la pregunta: ¿No hubiese sigo mejor comprarlo ya armado? Pero el gusanito del economista que hay en mi me llevó a investigar sobre las razones de esta modalidad.

Todo comenzó en 1978. Gillis Lubdgren, empleado de una modesta fábrica sueca de muebles llamada Ikea, cargaba producto en una camioneta para una sesión fotográfica. Al percatarse de lo impráctico de transportar una mesa con las patas puestas, procedió a desatornillarlas.

Después, Lubdgren pergeñó en una servilleta el famoso “librero Billy”, hoy mueble insignia de Ikea, empresa que los fabrica a razón de 20 por minuto y ha vendido más de 60 millones de unidades en el mundo. Ha sido tal su penetración y presencia mundial que Bloomberg lo utiliza para comparar el poder adquisitivo entre economías.

El ahorro en transporte, almacenaje y producción al comercializar los muebles desarmados, fue enorme. Se redujeron sustancialmente los costos y, por ende, el precio de venta. Pero ése no fue el único ahorro: la empresa prescindió de obreros para ensamblar los muebles, y ahora dicha tarea la realizamos usted y yo en casa.

De hecho, el diseño de muchos de los productos de Ikea no está inspirado en la estética, las tendencias de la moda o las preferencias del mercado, sino en la ergonomía y en la maximización de la utilización de espacios en sus fábricas, en sus almacenes y en sus camiones. El llenado de pequeños huecos se ha traducido en ahorros millonarios para la empresa y menores precios al consumidor.

El diseño del librero poco ha cambiado con el tiempo, pero cuesta 30% menos que hace 4 décadas gracias a las modificaciones marginales, las innovaciones en los procesos y las economías de escala. En la principal fábrica ubicada en Suecia, la producción de libreros se ha incrementado 137 veces, pero sólo se ha duplicado la mano de obra.

Otra de las principales aportaciones al mundo de este tipo de libreros, y de Ikea, en general, es que los bajos precios no son necesariamente sinónimo de mala calidad. Sus productos inundan el planeta y resisten estoicamente el uso rudo y el paso de los años.

Finalmente, no fue tan complicado ensamblar el librero. El proceso se tornó más llevadero al reparar que contribuía con el medio ambiente y cuidaba la economía familiar. Al fin de cuentas, a todos nos gusta despertar al constructor que llevamos dentro.

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