Guerra Contra México. Abonar la Sangre.

La nación cuyos dirigentes: el ESTADO, han regado la sangre de sus hermanos no tendrá paz mientras no sea pagada.

Ignoro si esto ya fue dicho. Lo señalo ahora cierta de ello hasta el tuétano y a vista del degradado devenir nacional desde hace décadas.

Si. Hace ya casi medio siglo sangre de mexicanos fue reventada y derramada; sus vidas terminaron por armas de guerra dispuestas por sus connacionales: autores intelectuales del máximo rango político-gubernamental y por mano de otros mexicanos inscritos en cuerpos judiciales, policíacos y castrenses y por las del Batallón Olimpia: Grupo mercenario de Choque paramilitar en ropa de civil e identificados entre sí mediante trapo blanco amarrado en la mano izquierda.

Vidas tronchadas también por comandos policiacos, 1500 granaderos con fuerte pertrecho, soldados con metralletas y lanza-granadas y cientos de fusileros. Qué malévola ironía… Llamar al asesino de hermanos con el epíteto ‘Olimpia’; nombre clásico tradicional que remite a especie de Arcadia en que rigen la verdad, justicia y la paz. La crueldad de la octogésima clase política nacional es infinita; su cinismo obsceno. Batallón Olimpia para designar al ejecutor de miles de connacionales. Verdad Histórica para malabarear enésimo sangriento acto ejecutor de jóvenes. Éste, a 50 años casi luego de los asesinatos y masacre en la Plaza de Las Tres Culturas, en Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968*.

*Lo aquí expuesto funda en a)informes, datos, documentos de ese año extraídos de entre múltiples lecturas al respecto; remito al estimado lector a Internet. Y funda b)en testimonios de 3ª, 2ª y primera mano de la autora.

** Palabras clave: a) México 1968, Tlatelolco, Plaza de las Tres Culturas, Movimiento Estudiantil, Consejo Nacional de Huelga, Agosto-Sept-Oct. 1968.

Masacre; se le ha llamado y llama. Si. También fue carnicería, matanza. Fue también guerra ; guerra interna; no declarada ni reconocida. Ni siquiera hoy. Pero lo fue. Guerra de un Estado contra un Pueblo. De un Estado/Gobierno contra sus propios mandantes y gobernados. Y para efectos del caso, desde la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre del 68, fue genocidio.

Inmediatamente, luego del matadero, durante 8 días el Ejército, arma calada, cercó aislando la Plaza. El Cuerpo de Bomberos de la Ciudad Capital limpió recogiendo (para hacer desaparecer) prendas, sweaters, cinturones, bolsos, carteras, pañuelos, zapatos; mochilas, libretas y libros, cuadernos, portafolios, loncheras… Durante días, agentes de la Dirección Federal de Seguridad (Policía Secreta) allanaron apartamentos y domicilios privados buscando y rastreando estudiantes acogidos en los multifamiliares de la Plaza. Testigos declararon ver grúas recogiendo cientos de cadáveres echados luego en camiones. Decenas de ambulancias de las cruces roja, verde y otros logos recogían gente y se la llevaban -¿quiénes eran esos levantados como basura? ¿a dónde los llevaron? ¿reaparecieron…-

Más de 12 horas duró el combate en la Plaza entre elementos armados y con trapo blanco guarecidos bajo los edificios habitacionales del enclave de Tlatelolco y la gente reunida en aquélla desde las 5 de la tarde: estudiantes, transeúntes, hombres, mujeres, niños, profesionistas, empleados, amas de casa, muchachitas, artistas, intelectuales en fin: ciudadanos en general. Entre julio, agosto, septiembre y octubre del 68 -por solo decir esos meses y año- la sangre del pueblo mexicano, en crecida, borboteo por balaceras, ráfagas, bazucazos, lanzagranadas, metralla y munición. Es sangre impaga.

El número de sacrificados y desaparecidos ni ahora se conoce. Fueron días de detenciones y arbitrariedad, de ilegalidad y anulación de Garantías y Derechos; días de persecución, desapariciones forzadas, de secuestros, ejecuciones extrajudiciales, de espionaje, maltrato, arrestos y torturas. De sangre derramada. Con pretensión de ocultar la sevicia y monstruosidad de un autoritarismo estatal decidido a exterminar la demanda social de democracia, de fin del abismo de la desigualdad, la desaparición de su mazo ejecutor: el PRI, y el cese de sus esbirros: Generales Luis Cueto Ramírez, José Hernández Toledo, Marcelino García Barragán, Raúl Mendiolea Cerecero… entre cientos más. Se Calcula de 300 a 3000 el número de civiles asesinados. Mas si en Tlatelolco en un momento del 2 de octubre se detuvo a 3 mil en solamente los pasillos y salas de los 8 edificios multi-familiares; a los que se desnudó y vejó -existen documentos fotográficos- los 62 muertos admitidos en principio por el Estado, seguidamente los 120 y en una tercera declaración los 250 resulta risible el número. No se puede creer al Estado. Ni antes: ayer ni después, ahora. La fuerza de armamento, las estrategias y medidas represivas, las mentiras y contradicciones lo desmienten.

Todo un pertrecho militar, un armamento bélico, rifles, ametralladoras, m 16, bazucas, helicópteros, carros blindados, lanzallamas, jeeps con arma pesada empotrada… policías, agentes secretos, guardias presidenciales, elementos de la DFS, del Ejército. La cantidad, reconocida, de represores era de 5000 elementos. Todo esto habla de la decisión y el intento de exterminio del anhelo y demanda de libertad, democracia, justicia, igualdad… De manera simultánea todo ello deniega cuanta justificación pretenda idear y vender el Estado Mexicano a propósito de su Crimen de Lesa Humanidad del 68. Venta primera y perentoriamente al extranjero; que al interior nada le importa lo que se piense del mismo. Durante años el trabajo de ocultación del crimen, por parte del Estado Mexicano, en el ámbito internacional fue prioritario, minucioso. Borrar todo. Desaparecer toda huella, indicio, sospecha… Embajadas, consulados, representaciones; prensa, periodistas, testigos y testimonios… Borrar; desaparecer todo. Difuminar. Desvanecer.

Díaz Ordaz no tuvo empacho en declarar, informando al Gobierno Hindú, que el Embajador Octavio Paz había sido separado del cargo; cuando fue Paz quien el día 4 de octubre presentó su renuncia. Igual ocurrió con el agregado Cultural en Eslovaquia, el también escritor Sergio Pitol. A las declaraciones de la escritora y periodista italiana Oriana Falaci, víctima de agresiones impunes y testigo directa de los hechos, el Gobierno y su Secretario de Estado Luis Echeverría, respondieron desacreditándola como mujer, como intelectual y como escritora y periodista.

A partir de esta debacle nacional ya nada ha importado ni le importa al Estado Mexicano. Realizada semejante carnicería de los suyos ¿qué más podría, puede importarle? Nada. Moral, principios, temores, supersticiones; patriotismo, nacionalidad, semejantes; religión, miedos, vergüenza, decencia, honor, honorabilidad; verdad, ética, rectitud… Nada. Después de semejante crimen, luego de toda esa sangre regada no hay más. Todo se vale. Todo crimen, todo horror, toda impostura, toda desvergüenza. Así estamos. Así venimos estando. Repase el estimado lector la vida nacional de los 70s a esta fecha. La desinhibición de la clase política nacional es espeluznante y no creíble. Pero vivimos entre ella. La consecuencia: el estado permanente de intranquilidad, de temores, el vivir entre horrores y el horror. Es que esa sangre nacional no ha sido recogida. Aún está por ser pagada.

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