La familia y el perdón

Sin perdón, morimos por dentro. Con él, aun cuando los recuerdos sigan en nuestra mente, al menos, podremos empezar a mirar hacia adelante.

A pesar del gran amor que tenemos por nuestra familia, muchas veces, perdonar es difícil. Tal vez nos han tratado mal o han despreciado nuestro amor y cuidado. Lo cierto es que debemos perdonar incluso cuando la otra persona no se arrepienta o no cambie de actitud. Por lo general buscamos excusas como: «Si tan solo dejara ese estilo de vida (o las drogas o el licor)», o bien, «Si dejara a ese hombre (o mujer) que parece estarle succionando la vida». No obstante, debemos hacerlo a pesar de que no haya evidencia de cambio alguno. Esto no significa que mantengamos una actitud pasiva ante el abuso, la humillación o la agresión. Más bien, si perdonamos, elevamos nuestra dignidad y esta nos permite tener la firmeza necesaria para parar el abuso.

Lo contrario al perdón es el rechazo. Este casi siempre trae consigo aislamiento, amargura y un fuerte distanciamiento. Un joven escribió a sus padres a fin de informarles que se iba a casar con su prometida, con su consentimiento o sin él. Puede ser que este joven haya sido bastante terco e insensible, pero aun así, la carta que recibió de su padre lo dejó sin aliento. Decía: «No te preocupes por invitarnos a la boda: ya no tenemos hijo». Esto jamás se debe expresar, porque podríamos lamentarlo por mucho tiempo (si no, para siempre).

El perdón debe darse a pesar de las heridas profundas, los sueños frustrados o las promesas rotas. Sin el perdón, no hay esperanza para la reconciliación con la familia. Es posible que sea difícil perdonar a alguien que hiere demasiado, pero hacerlo es algo que libera el camino para la reconciliación.

Hay dos definiciones de perdón que deben tenerse presente para comprender en qué consiste. Tony Campbell expresó: «El perdón no es un beneficio que le confiero a otra persona, es una libertad que me doy a mí mismo», y el doctor Archibald Hart señaló: «Perdonar es renunciar al derecho de herirte porque me has herido».

Solo cuando en realidad renunciamos a nuestro derecho de tomar venganza, de señalar y juzgar, hemos perdonado con sinceridad. Todos debemos luchar por alcanzar esta libertad y, al hacerlo, aumentamos nuestra capacidad de amar.

Existen personas a las que el perdón se les dificulta en gran medida. El problema es que se resisten a dejar la ofensa en el pasado. Es frecuente que estos individuos no puedan reconocer el daño y el desgaste que sufren por conservar su «orgullo». La falta de perdón ocasiona que la amargura, el rencor, el enojo, el dolor y la frustración estén presentes de forma constante; por eso la persona que se encuentra atada a esos sentimientos negativos no es libre en sí y, en la medida en que permanezca en esa posición, se deterioran su salud y su vida emocional.

El perdón no es fácil de comprender. Por lo general estamos esperando «sentir el deseo» para otorgarlo. Sin embargo, más allá de sentir, está la decisión de renunciar al derecho que creemos tener de vengarnos por lo que nos han hecho. Es optar por ser libres de los sentimientos que se quedaron atrapados en un pasado distante.

No obstante, a pesar de todos los beneficios que reconocemos en el perdón, además de que no es fácil de comprender, tampoco es fácil de otorgar. Se requiere voluntad, decisión y perseverancia para sostenerlo en el tiempo. El perdón es un proceso, y la señal más contundente de que este proceso ha dado su fruto se hará evidente cuando un día nos sorprendan los recuerdos de lo ocurrido y ya no experimentemos dolor.

Sin lugar a dudas, ante una ofensa, el perdón es la única forma de amar y restituir lo negativo; porque de lo contrario, no hay reencuentro y, mucho menos, armonía. El perdón es la única forma de ser libre de la amargura y del rechazo.

Tenemos que aprender a pedir perdón. Tenemos que aprender la forma en que a la otra persona le agrada que nos disculpemos. Esto es identificación y es necesaria para restaurar al otro.
Cuando nos disculpamos de tal forma que el otro logra interpretarnos de la manera correcta, facilitamos que él nos otorgue el perdón y que la relación recobre su confianza.

No solo tenemos que aprender a pedir perdón para que comprendan que estamos arrepentidos, sino que debemos estar dispuestos a recorrer el camino que facilita sanar la herida. Esto significa generar espacio y dar el tiempo que sea necesario.

El sabio de Proverbios nos dice en el capítulo 19, versículo 11: «El buen juicio hace al hombre paciente; su gloria es pasar por alto la ofensa».

Para que surja el perdón y se restaure la relación, las partes involucradas deben prepararse: tanto el ofensor, demostrando una actitud de arrepentimiento, una responsabilidad asumida y una restitución por el daño, como el ofendido, mostrando paciencia, tolerancia y hasta sabiduría.

Lo que inicia el proceso es estar dispuesto a recorrer el camino. Requiere valentía y la capacidad de valorar los sentimientos de la otra persona. En ocasiones, debemos disculparnos, a pesar de que consideremos que no hemos lastimado, o bien, que lo que hicimos no es tan grave; e igualmente, mostrar misericordia por el otro si somos los agraviados.

(Vida Cristiana/Sixto Porras).

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