Piso firme, paso firme

Tim Harford es un influyente economista británico, autor de la popular columna “El economista camuflado” en The Financial Times. Sus libros son magníficos. En ellos trata de encontrar la razón económica detrás de la cotidianidad y las decisiones, aparentemente triviales, en nuestras vidas.

Su último texto, “Cincuenta innovaciones que han cambiado al mundo”, es fantástico. No pretende enumerar los inventos más importantes de la historia (deja fuera a la imprenta, al motor del vapor, al avión o a las computadoras), sino presentar las ideas que configuraron, para bien o para mal, nuestra forma actual de vida.

Para Harford, una de esas innovaciones es el concreto. Hasta ahí, nada extraordinario. Gracias a este material han sido posibles nuestras ciudades, edificios y vías de comunicación. Una de sus principales cualidades es su contradicción intrínseca: “Flexible hasta lo maravilloso cuando lo aplicas, duro en extremo cuando está seco”.

Pero no, ésa no es la aportación más beneficiosa para la humanidad del concreto, cuando menos para Harford. Lo es la mejoría en la salud y en la educación de los niños. Y para ilustrar su argumento se refiere a México, específicamente a Coahuila, y explica el éxito del programa “Piso Firme”, creado ahí a principios del presente siglo y adoptado por el gobierno federal para llevarlo a toda la República.

Describe cómo llegaban los “trompos” a los barrios pobres y vertían de manera gratuita el concreto. “Antes, la mayoría de los suelos de esas casas eran de tierra”, explica Harford. “Los gusanos parasitarios crecían en ella y propagaban enfermedades que obstaculizaban el crecimiento de los niños. Ahora tienen mejor salud, van a la escuela con mayor regularidad y mejoraron sus notas”.

También se demostró que con Piso Firme “los padres eran más felices, sufrían menos estrés y caían en menos depresiones (…) eran 150 dólares bien invertidos”. De hecho, unos años antes, los investigadores César Martinelli y Susan Parker ya habían anticipado, de alguna forma, estas conclusiones.

En 2002 analizaron decenas de miles de las solicitudes para ingresar al programa “Oportunidades”. Descubrieron que muchos mentían al declarar sus bienes. 83% negaron poseer vehículo, 74% TV Satelital y 73% teléfono. Lo increíble fue que el 25% declaró tener piso de concreto, cuando realmente era de tierra. Tal era el tamaño de su frustración.

Cuando leí ese capítulo en el libro de Harford, no pude más que sentir un profundo orgullo por mis raíces coahuilenses y por ser hijo de quien lo creara: el entonces gobernador Enrique Martínez, actual Embajador en Cuba.

¡Felicidades papá!

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