¡Huevos!

Los mexicanos tenemos fama de envalentonados. Además de lo cálido de la sangre latina que corre por nuestras venas, quizá sea también porque nos ven degustar mucho chile, beber mucho tequila o comer muchos huevos. ¡Y vaya que comemos huevos! México es el principal consumidor de ese producto en el mundo, según datos de la Unión Nacional de Avicultores.

Cada mexicano consume al año la extraordinaria cantidad de 460 huevos aproximadamente, casi 1.3 unidades diarias en promedio. Y es que no nada más los degustamos revueltos, estrellados o en omelette, sino también como ingredientes del pan, la pasta, la mayonesa, los postres y los aderezos, entre muchos otros alimentos.

Estas aves no son originarias de América. Fueron traídas por los españoles a principios del Siglo XVI. De hecho, aunque parezca lo contrario, la carne de pollo es un subproducto de la producción de huevo.

Hasta mediados del siglo XX comer pollo era un lujo. Aunque ahora los procesos productivos de la carne de pollo son claramente diferenciados de los del huevo, en principio su mercadeo se habilitó como una opción para sacar provecho de las gallinas ya improductivas.

Y en cuanto al consumo de pollo, tampoco nos quedamos atrás. México ocupa la quinta posición a nivel mundial, equivalente a 33 kilos al año per cápita, cifra muy por encima del de carne de res o de cerdo.

Al igual que el resto de los animales de granja y domésticos, las gallinas actuales son un desarrollo del hombre. Siglos de cautiverio, cruzas estratégicas, crianzas selectivas, y los tratamientos hormonales recientes han alterado su genética y hecho más productivas.

De hecho, 98% de los aproximadamente 55 mil millones de pollos que existen en el mundo, incluidos los “orgánicos”, provienen de crías desarrolladas de esa manera por tres empresas norteamericanas.

La demanda y la competencia obligan a una producción masiva que mantiene a las gallinas hacinadas en jaulas diminutas, que abandonan solo para ser sacrificadas. Sin embargo,  podemos hacer mucho por dignificarlas y evitarles el sufrimiento.

Aunque más caro por requerir de mayor inversión, espacio y registrar mayores mermas, el “libre pastoreo” permuta el inhumano manejo de las gallinas por ejemplares más felices y menos estresados. Si de veras queremos ser una sociedad responsable, seamos realmente valientes y demos preferencia al huevo y al pollo provenientes de ese esquema. Al final de cuentas, no solo se trata de nutrir nuestro cuerpo, sino también nuestra conciencia.

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