Las tortugas y el caimán

Estoy convencido que la mayoría de las veces tenemos ideas para solucionar los problemas que se nos presentan en la vida, pero la realidad es que las soluciones se quedan en el mundo de lo intangible; es decir, no las ejecutamos. Posiblemente nos suceda lo mismo que a las tortugas de la siguiente fábula:

“Se reunieron las pequeñas tortugas – cuenta – a debatir cómo escapar de las fauces del caimán que estaba acabando con la comarca. – Bueno, amigos y amigas – dijo el presidente encabezando la sesión – debemos preparar una estrategia para eludir el ataque del caimán. – Sí, a ese ritmo terminará acabando con todos, cada día es más gigantesco y su hambre es más y más grande – dijo uno de los asistentes. – Ataquémoslo entre todas y acabemos con él – fue la primera idea lanzada – ¡No! – afirmó el presidente – eso sería un suicidio colectivo, su piel es muy dura y no podríamos hacerle mella. – ¿Que podemos hacer? – reiteró el presidente- – cambiemos de domicilio- opinó alguien -. – Todos nuestros ancestros, nuestro pasado, lo que somos… está aquí; un caimán foráneo no puede exiliarnos – respondió el presidente -. – No salgamos – expresó otro -. – Moriríamos de hambre – exclamó el presidente -. – disfracémonos – opinaron – nos reconocería – objetó el presidente -. En la medida en que el tiempo transcurría, la fluidez de ideas mermaba y los aportes disminuían. – Corramos más rápido – dijeron -. – Tendríamos que practicar y mientras tanto nos seguiría devorando – expresó el presidente -.

En esos momentos irrumpió el caimán y devoró al presidente de un bocado. Los concurrentes a la reunión, alterados por el acontecimiento, obraron de diversas maneras. Algunos atacaron al caimán en diversas partes blandas ocasionándole severos daños, otros huyeron despavoridos del lugar, unos cuantos se mimetizaron en el lodo, varios nadaron raudamente en diversas direcciones logrando confundir al adolorido reptil, y otro puñado tomó provisiones y se escondió…

Al cabo de un tiempo, las infecciones, la disminución de la población de las tortugas obligaron al caimán a cambiar de domicilio. Las tortugas paulatinamente recuperaron su hábitat y eligieron nuevo presidente.” … Pero el daño estaba ya hecho… ¡Cualquier similitud!

El peligro de los caimanes.

¡Clarísimo! Las dificultades nos devoran no por la ausencia de ideas, pues los mexicanos – como las tortugas – poseemos un inmenso arsenal de propuestas para los problemas temporales que nos atiborran, pero los remedios solemos abortarlos al “no madurar las ideas el tiempo suficiente, o bien porque rápidamente desechamos las hipótesis de solución sin que las hayamos estructurado y fundamentado adecuadamente”.

Además, abandonamos las soluciones, porque no son como las esperamos, pensamos, creemos o queremos que sean. Pero, sobretodo, nos convertimos en víctimas porque cedemos las decisiones cardinales a los otros; por ejemplo a quienes nos gobiernan, pues en lugar luchar por lo que creemos, por la integridad, por el país, preferimos la subordinación acomodaticia, la obediencia infantil mediante una sutil hipocresía; preferimos no participar activamente, dejando que los candidatos una vez en el poder hagan lo que les venga en gana. Olvidamos que la única autoridad genuina y legítima que existe es la autoridad moral. Posiblemente, por estar lejos de comprender esta realidad, los caimanes nos siguen engullendo.

Irresponsabilidad.

Una parte del mexicano desea seguir siendo niño, no quiere crecer ni asumir sus responsabilidades, no desea la formalidad: el cumplir con lo prometido. Efectivamente, me temo que un trozo de nuestra alma, cuando andamos entre las dificultades, ansia que alguien la abrigue, la proteja y le diga que todo saldrá bien. Esa porción es la que siempre se encuentra dispuesta a delegar la responsabilidad de tomar las decisiones esenciales de la vida.

Solamente hay que observar la manera en que “delegamos” para arriba. Así es, el empleado le pasa la carga al jefe; los gobernados a los gobernantes (o viceversa); así, la seguridad que debiera proporcionar el estado a las estadísticas de los “daños colaterales”; los hijos a los padres y así sucesivamente. Al final buscamos que sea una madre quien nos solucione nuestros problemas existenciales y también sociales. Creo que ese infante que llevamos dentro nos hace frágiles, llorones, dependientes, fatalistas. Impotentes.

El gran peligro.

Esto es peligrosísimo. Recuerdo que Erich Fromm (El miedo a la libertad) sostenía que el pueblo alemán, a pesar de ser tan culto y preparado, permitió el acceso al poder de una persona tan funesta y gris como Hitler, debido a que los problemas por los que atravesaban personalmente eran tan abrumadores que, al creer que no tenían solución, llegaron a la desesperación total, entonces colectivamente se apegaron a una voz que inspiraba confianza: “síganme, pero sin hacer preguntas, hagan todo lo que les digo y los sacaré del atolladero. Yo me encargo de todo. Yo tengo las respuestas. Lo único que requiero de ustedes es su eterna gratitud y obediencia”.

La desesperación conduce a los pueblos a elegir opciones que proponen los caminos demagógicos, los más rápidos, los que abusan de la ignorancia de la gente (populismo) pero que terminan siendo una catástrofe (¿semejanzas?). También la desesperación brinda espacios a lo intolerable, a lo que jamás debería ser visto como “normal” (¿coincidencias actuales?).

Pensemos….

Las tortugas pensaron y dijeron, pero no analizaron adecuadamente las opciones para luego emprender. Conocían la problemática, pero no tenían la convicción, el compromiso y menos la continuidad de lo que se proponían acometer. Quizá, en el fondo, querían suicidarse, pues en el momento fundamental dudaron, les ejecutar. Eligieron vivir acosados por el caimán, hasta que….

La pasividad genera una extraordinaria seguridad, es como mantener una embarcación en el puerto, lejos del encolerizado mar. Indudablemente ahí, cerca del muelle, tiene resguardo, pero con el tiempo corre un peligro imperceptible: ahí mismo, en su inamovilidad, el barco se desfondará, porque es antinatural permanecer en el puerto: ¡están hechos para navegar, para surcar las embravecidas olas!

A veces me pregunto si nuestras actitudes de postergación, discusión y falta de acción, acaso no encierran la intención de cometer un suicidio colectivo, tal como las tortugas de la fábula. Y luego me imagino que nuestros infortunios son porque fundamentalmente no creemos en Dios, porque hemos dejado que el miedo conquiste nuestra esperanza; tal vez por eso, también, no sabemos ver que las oportunidades suelen disfrazarse de problemas. Tal vez por eso, estemos claudicando, en estos días, a nuestras más esenciales y elementales de las libertades.

Ante lo inesperado…
Para cerrar deseo compartir un pensamiento de Albert Einstein (1879 – 1955), que sin duda animará nuestro espíritu:
“No pretendamos que las cosas cambien si seguimos haciendo lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar “superado”.

Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos.

Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla”.

Terminó exhortando los respetados lectores que este domingo el voto de cada uno de nosotros sea responsable, razonado y siempre buscando el bienestar para nuestra ciudad, para Coahuila y por ende para México, cuidemos de no elegir a un caimán.
¡Recordemos que la democracia urge ciudadanos demócratas!

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